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El chaval que armó un reactor nuclear en su patio trasero (y la pillaron... al rato)

El chaval que armó un reactor nuclear en su patio trasero (y la pillaron... al rato)

2026-04-09T22:50:32.384591+00:00

El chaval que llevó "muestra y cuenta" al extremo nuclear

Ponte en los zapatos de un adolescente cualquiera. ¿Qué se te ocurre para impresionar en clase? ¿Un volcán de bicarbonato? David Hahn pensó en grande: armar un reactor nuclear en el cobertizo de su casa. Suena a chiste, ¿verdad? Él no se rió. Lo hizo de verdad.

Y qué historia más loca.

De las tablas periódicas a los átomos reales

David no era el típico crío enganchado a consolas o balones. Con 10 años pilló un libro de experimentos químicos y enloqueció. Para el instituto ya fabricaba nitroglicerina casera. No era un proyecto de feria de ciencias; era una alarma con bata blanca.

Cuando le tocó el distintivo de energía atómica para los Boy Scouts, no se quedó en dibujitos. Planeaba el reactor de verdad. Lo flipante: nadie le paró los pies porque nadie se enteró.

La operación "Profesor Hahn"

Aquí viene lo ingenioso... y delirante. No podía ir a la tienda por material radiactivo, así que mintió como un bellaco.

Escribió cartas a organismos nucleares, a la NRC y a un montón de instituciones. Se presentó como el "Profesor Hahn", investigador serio. ¿Y funcionó? Casi. Durante años juntó torio, uranio, americio y radio. Armó un "cañón de neutrones" con americio-241 y plomo. Purificó torio hasta 170 veces más potente que lo legal.

El tipo montó un laboratorio nuclear pirata en su garaje.

Cuando el contador Geiger no para de pitar

A los 17, ya estaba construyendo su reactor de cría —uno que genera más combustible del que gasta—. Mostró algo de cordura: su Geiger detectó radiación a cinco casas de distancia y dijo "esto se desmadra".

¿Solución? Metió todo en una caja de herramientas, al maletero, y rezó.

Pista: lo pillaron.

El descubrimiento por casualidad

No hubo espías ni detectives geniales. Un control policial rutinario por un robo de neumáticos ajeno llevó a registrar su coche. Él soltó: "Eso es radiactivo". Y se armó la marimorena.

Llegó la policía antibombas de Michigan, Sanidad Pública y la EPA con once trajes hazmat, como astronautas lunares, para desmontar el cobertizo entero.

La limpieza de 60.000 dólares

El 26 de junio de 1995, Michigan suburbano vio una escena surrealista. Equipos con trajes espaciales tardaron tres días en desarmar el cobertizo y descontaminarlo todo. Costó 60.000 pavos. Los restos acabaron en el desierto del Gran Lago Salado. Todo el barrio fue zona radiactiva temporal.

¿Qué fue de David?

No lo arrestaron. Ni juicio. El gobierno limpió y punto. Era 1995; el escándalo habría sido brutal.

Estudió ingeniería nuclear en la uni, escribió un libro sobre su aventura y murió en 2007. Su leyenda sigue: la ambición adolescente más loca y atómica.

La lección que no olvidar

No es un himno a la ciencia nuclear. Es un aviso. David era un genio con conocimientos reales, pero un chaval sin supervisión y materiales letales. Que su tinglado costara 60.000 dólares en limpieza oficial grita: no todo experimento va en el jardín.

Dicho eso, chapeau por la osadía. Engañó a agencias gubernamentales para que le mandaran piezas de un reactor casero haciéndose pasar por profe. Determinación pura.

Ese distintivo de energía atómica se lo curró a tope.

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