El día que España temió una bomba nuclear en su tierra
Hace casi 60 años, un cielo aparentemente tranquilo sobre el Mediterráneo español escondía uno de los incidentes nucleares más alarmantes de la Guerra Fría. Hablamos del accidente de Palomares, un nombre que todavía provoca escalofríos en quienes lo recuerdan.
Operación Chrome Dome: los bombarderos que nunca paraban de volar
Para entender lo que pasó, hay que retroceder un poco. Durante los años 60, Estados Unidos mantenía un programa llamado Chrome Dome. Consistía en mantener bombarderos B-52 cargados con armas nucleares dando vueltas continuamente por el aire, siempre listos para atacar la Unión Soviética si acaso llegaba la orden.
El problema era que estos aviones llevaban horas y horas volando. Necesitaban repostar en el aire. Y ahí es donde entran los aviones cisterna KC-135, que los encontraban en plena ruta para transferir combustible mientras ambos volaban a miles de metros de altitud.
¿El objetivo? Que siempre hubiera un bombardero nuclear en el cielo, por si las cosas se ponían realmente feas.
El 17 de enero de 1966
Aquel día, un B-52 con cuatro bombas termonucleares a bordo despegó desde una base en el sur de España. Su misión era sencilla: volar hacia el norte, encontrarse con un KC-135 para reabastecerse, y seguir su ruta.
La maniobra de enganche entre ambos aviones es delicada. Se trata de conectar un tubo de combustible flexible desde la cisterna hasta el bombardero, todo a varios cientos de kilómetros por hora y a una altitud donde el aire apenas te mantiene consciente.
Algo salió mal.
El B-52 se acercó demasiado al KC-135. En un instante terrible, sus alas se tocaron. El bombardero se partió en pedazos. La tripulación del KC-135 murió al instante. Del B-52 cayeron siete hombres al mar, aunque algunos lograron saltar con paracaídas.
Y las bombas...
Cuatro bombas, un pueblo asustado y una en el fondo del mar
Dos de las bombas cayeron en tierra cerca de Palomares, un pequeño pueblo de Almería. La tercera cayó también en tierra. Los agricultores de la zona vieron caer del cielo objetos brillantes y escucharon explosiones. Por suerte, no estallaron. Los mecanismos de seguridad funcionaron, aunque el plutonio se dispersó por los campos.
La cuarta bomba desapareció.
Los radares la perdieron sobre las aguas del Mediterráneo. Durante semanas, medios de todo el mundo siguieron la búsqueda de ese artefacto nuclear perdido a cientos de metros de profundidad. Era como buscar una aguja en un pajar, pero la aguja podía contaminar un tramo entero de costa.
Finalmente, la encontró un submarino americano. La operación de recuperación fue un éxito, pero el susto había sido monumental.
Los que pagaron el precio
Lo que muchos no cuentan es el precio que pagaron los veteranos de aquella misión. Los militares que participaron en la búsqueda y limpieza fueron expuestos a niveles de radiación que hoy serían inaceptables.
Algunos murieron jóvenes. Otros desarrollaron cánceres que atribuyen directamente a aquellos días en Palomares. Y cuando pidieron ayuda médica y reconocimiento del gobierno americano, se encontraron con puertas cerradas.
Durante años, los veteranos lucharon solos. Denunciaron que Estados Unidos les había utilizado como conejillos de Indias, que nadie les había explicado los riesgos, que el gobierno sabía y callaba. La burocracia militar y los tribunales les gavearon durante décadas.
El fin de Chrome Dome y las lecciones que quedaron
El accidente de Palomares fue el golpe definitivo para la Operación Chrome Dome. Ya en 1968, el programa se canceló oficialmente. Demasiado riesgo, demasiado visible, demasiado peligroso. España, que había permitido la presencia de estas misiones desde su territorio, también presionó para que se fueran.
Hoy, los restos contaminados de Palomares siguen ahí. Las bombas no explotaron, pero el suelo todavía guarda partículas de plutonio. Hay quienes viven ahí, hay quienes prefieren no pensar en ello, y hay quienes exigen que se limpie de una vez.
Lo de Palomares nos recuerda que durante años, sobre nuestras cabezas volaban armas capaces de borrar ciudades enteras. Y que a veces, la diferencia entre la vida y el desastre nuclear dependía de una operación de repostaje en plena noche.
Difícil de olvidar. Y más difícil todavía de perdonar.