Science & Technology
← Home
El presagio que no pudo salvarlo: el desastre aéreo más mortífero de la historia

El presagio que no pudo salvarlo: el desastre aéreo más mortífero de la historia

2026-05-20T15:22:55.389941+00:00

Cuando un mal presentimiento se vuelve tragedia

¿Y si pudieras sentir que algo malo va a pasar? ¿Qué harías?

Esa es la pregunta que queda flotando tras el vuelo 123 de Japan Airlines. El 12 de agosto de 1985, Akihisa Yukawa se levantó con una sensación extraña. No era de los que creen en señales ni supersticiones. Era un ejecutivo bancario acostumbrado a volar casi cada semana entre Tokio y Osaka. Pero aquella mañana de lunes todo se sintió distinto.

Su pareja, Susanne Bayly-Yukawa, recuerda que él le dijo que era algo que nunca había sentido antes. Estaba tan inquieto que pidió a su asistente que le reservara un billete en el tren bala. El problema era que era temporada de Obon, una fiesta importante en Japón, y los trenes iban llenos. Su jefe le ordenó que volara de todos modos. Akihisa aceptó, pero estaba enfadado. Tenía un presentimiento muy fuerte.

Esa misma noche besó a su mujer, que estaba a punto de dar a luz, y se marchó al aeropuerto de Haneda. Nunca regresó.

Doce minutos que cambiaron todo

El vuelo 123 debía ser un trayecto corto y normal de 54 minutos. El Boeing 747 era entonces el avión más grande y seguro del mundo. Se le llamaba la “Reina de los Cielos” y parecía indestructible.

Sin embargo, a 7.300 metros de altura, algo falló.

Se oyó una explosión seca. La mampara trasera, la pared que separa la cabina presurizada del resto del avión, se rompió. La diferencia de presión hizo que el aire saliera disparado hacia atrás con tal fuerza que arrancó toda la cola del aparato. Con ella desaparecieron también el estabilizador vertical, el timón y, lo peor, los cuatro sistemas hidráulicos.

Sin esos sistemas, el avión ya no tenía forma de gobernarse. Los mandos de las alas, el timón y todo lo que permite girar o mantener el rumbo quedaron fuera de uso.

Volando a ciegas

Los pilotos se quedaron sin timón, sin alerones y sin frenos aerodinámicos. Solo les quedaba controlar la potencia de los motores. Subían el empuje para ascender y lo bajaban para descender. Eso era todo.

Durante 32 minutos intentaron mantener el avión en el aire. Según el investigador Ron Schleede, de la NTSB, “el personal de cabina hizo todo lo que pudo”. Pero también dijo algo que lo resume todo: “El accidente era inevitable”.

El avión impactó contra la cresta del monte Osutaka, a unos 100 kilómetros al noroeste de Tokio. Solo sobrevivieron cuatro personas. Las otras 520 no.

La causa que llegó tarde

Los investigadores descubrieron pronto lo que había desencadenado la tragedia. Años atrás, Boeing había hecho una reparación defectuosa en la mampara trasera. Ese error de mantenimiento, que no se revisó, acabó causando el accidente más mortífero de la aviación civil.

Después del desastre, Boeing cambió varios procedimientos y la industria sacó lecciones importantes. Pero ninguna mejora trajo de vuelta a las 520 personas que murieron.

Un hombre y su intuición

Akihisa Yukawa tenía 56 años. Su mujer estaba embarazada de nueve meses cuando lo vio por última vez. Nunca llegó a decirle que su mal presentimiento tenía razón. Que debería haber escuchado esa voz. Que estaba en lo cierto.

Él tampoco llegó a conocer a su segundo hijo. Ni a ver cómo crecía. Simplemente, una noche se marchó y ya no volvió.

El vuelo 123 sigue siendo una historia sobre fallos técnicos y sistemas hidráulicos. Pero también es la historia de un hombre que sintió que algo iba mal y no pudo evitarlo. Un presentimiento que no sirvió para nada. Una familia que se pregunta qué habría pasado si alguien hubiera escuchado.

#aviation history #plane crashes #boeing 747 #tragedy #japan airlines #transportation safety #investigation