Cuando el Sol no se calla
Imagina que alguien toca el timbre y no para. Así se sintieron los científicos de la NASA el verano pasado al detectar una emisión de radio que provenía del Sol y no se apagaba.
Normalmente estas emisiones duran horas o, como mucho, unos días. Nadie se altera demasiado. Pero esta vez la cosa se alargó hasta los 19 días seguidos. El récord anterior estaba en cinco. Casi cuatro veces más.
Un tipo de emisión poco común
Se trataba de una ráfaga de radio de tipo IV. Estas se producen cuando electrones muy energéticos quedan atrapados en los campos magnéticos del Sol y empiezan a rebotar, liberando ondas de radio en el proceso.
Lo curioso no es solo la duración. También el origen. Los investigadores lograron rastrear la señal hasta una estructura magnética enorme en la atmósfera exterior del Sol, llamada «casquete coronal». Pero sospechan que lo que mantuvo la emisión activa tanto tiempo fueron tres eyecciones de masa coronal que se produjeron en la misma zona, una tras otra. Cada una alimentaba la señal anterior.
Una red de ojos en el espacio
Para seguir el fenómeno, la NASA no actuó sola. Contó con la sonda Parker, el satélite Wind, Solar Orbiter (en colaboración con la ESA) y la misión STEREO. Gracias a que el Sol gira, cada nave pudo observar el estallido desde un ángulo distinto a medida que este giraba frente a ellas. Juntando todas las piezas consiguieron reconstruir lo que pasaba.
¿Por qué importa esto?
Estas emisiones de radio, por sí solas, no llegan a la Tierra. Pero son una señal de que algo más potente podría estar en marcha. Las mismas condiciones magnéticas que las generan pueden dar lugar a eyecciones de masa coronal capaces de dañar satélites, alterar redes eléctricas o interferir con las comunicaciones.
Entender mejor estos estallidos largos ayuda a mejorar los pronósticos de clima espacial. Cuanto antes se detecte un evento peligroso, más margen hay para proteger la infraestructura tecnológica que usamos a diario.
Lo que aún no sabemos
Este caso demuestra que el Sol sigue sorprendiéndonos. Aunque lo observamos desde siempre, cada tanto nos recuerda que aún no lo entendemos del todo. Y cada sorpresa nos obliga a afinar los modelos y a seguir mirando al cielo con atención.