Lo que pasa con nuestro cerebro después de los 90
¿Alguna vez te has preguntado qué ocurre con la mente cuando alguien llega a los 90 años sin perder la cabeza? Podrías pensar que esos ancianos son prácticamente inmunes al deterioro cognitivo. Pues bien, una investigación reciente viene a echar por tierra esa idea tan reconfortante.
No te preocupes, no es una noticia para deprimirse. Es, en realidad, bastante fascinante. Y un poco humillante, admitámoslo.
El estudio que lo cambia todo
Un equipo de la Universidad de California Davis y Kaiser Permanente lleva desde 2018 siguiendo a más de 800 personas que cumplieron 90 años sin ni un rastro de demencia. Es decir, personas que alcanzaron esa década dorada con la mente intacta, y los científicos querían saber qué les esperaba después.
Y lo que encontraron no fue exactamente lo que muchos esperaban.
Resulta que llegar a los 90 no te convierte en una especie de superdotado cerebral. Es más: las mujeres nonagenarias enfrentaban casi el doble de riesgo de demencia que los hombres de la misma edad. Sí, ya sabíamos que las mujeres tienen mayor predisposición a problemas cognitivos en general, pero descubrir que esa brecha se mantiene —e incluso se amplía— en la décima década de la vida es algo que hace reflexionar.
Donde hay diferencias raciales, también las hay en el cerebro
El estudio también sacó a la luz verdades incómodas sobre las desigualdades étnicas en la salud cerebral. Los participantes negros mostraban aproximadamente un 75% más de riesgo comparado con los participantes asiáticos. Y cuando los investigadores miraron los datos con más detalle, quedó claro que las tasas eran significativamente más altas entre personas negras e hispanas que entre blancas y asiáticas.
No es que esto sea un secreto: llevamos años sabiendo que estas disparidades existen. Pero verlas persistir hasta los 90 años nos recuerda con crudeza que todavía queda muchísimo camino por recorrer para comprender y combatir estas inequidades en salud.
El papel de los genes se complica
Hablemos del gen APOE, ese que muchos conocen como "el gen del riesgo de Alzheimer". Aquí las cosas se ponen interesantes de verdad.
Por un lado está el APOE2, que parece ofrecer cierta protección. Las personas portadoras de esta variante tenían un 60% menos de riesgo de demencia. Una reducción nada despreciable, y lo más curioso es que ese efecto protector se mantenía incluso en edades extremas.
Después tenemos el APOE4, la variante problemática. Lógica elemental diría que aumenta las probabilidades de demencia de forma consistente, ¿verdad? Pues resulta que no. En el conjunto de la población estudiada, el APOE4 no elevaba sustancialmente la incidencia de demencia. Pero cuando los investigadores profundizaron un poco más, descubrieron algo revelador: esta variante aproximadamente duplicaba el riesgo de demencia entre los participantes negros, y mostraba patrones distintos entre hombres y mujeres.
La conclusión aquí es clara: la genética no opera en el vacío. Interactúa con el sexo, con la etnia, y probablemente con una docena de factores que todavía ni sospechamos.
La gran pregunta que nadie puede responder
Lo que realmente me intriga de todo esto es lo siguiente: algunos participantes tenían factores de riesgo bien conocidos durante sus 60s y 70s —presión arterial alta, colesterol elevado, todas esas cosas que los médicos nos advierten— y aun así llegaron a los 90 con la mente funcionando perfectamente. Algunos eran incluso portadores del temido APOE4.
¿Cómo es posible?
¿Qué los protegió? ¿Qué mecanismo biológico, qué estilo de vida, qué combinación de circunstancias les permitió sortear un destino que parecía escrito?
Ese es el rompecabezas que los investigadores están desesperados por resolver. Si conseguimos entender qué permitió a estos individuos resilientes prosperar a pesar de las probabilidades, quizás podamos desarrollar estrategias que beneficien a todos.
¿Y qué significa esto para nosotros?
La Dra. Rachel Whitmer, autora principal del estudio, lo dijo con precisión: los médicos no pueden asumir que una persona perteneciente a un grupo de alto riesgo que llega a los 90 sin demencia esté automáticamente a salvo. Necesitamos seguir hablando de salud cerebral y de reducción de riesgos a todas las edades.
A mí personalmente, esto me genera sentimientos encontrados. Por un lado, es reconfortante saber que nuestros cuerpos y mentes tienen una capacidad de resiliencia que todavía no comprendemos del todo. Por otro, es un poco desalentador: el envejecimiento es un proceso mucho más complejo de lo que nos gustaría, y no existe una meta donde por fin puedas relajararte y decir "ya está, lo logré".
Pero aquí va mi reflexión final: estudios como este me dan esperanza. Cada pieza del rompecabezas que desentrañamos nos acerca un paso más a entender cómo cuidar nuestros cerebros. Y mientras tanto, los consejos básicos que llevamos años escuchando —mantenerse activo, comer bien, cultivar las relaciones sociales, controlar la presión arterial— probablemente importan mucho más de lo que jamás imaginamos.
Porque al parecer, llegar a los 90 no es el final de la historia.
Es apenas el comienzo de la conversación.