El misterio de las jarras de piedra en Laos: por fin se resuelve uno de los grandes enigmas arqueológicos
Imagina cruzar una meseta remota en el centro de Laos y encontrarte con miles de enormes vasijas de piedra repartidas por el suelo. Parecen el desecho de algún gigante que las abandonó hace siglos. Ese es el paisaje que han enfrentado los arqueólogos durante décadas en la Llanura de las Jarras, un extenso sitio en la meseta de Xieng Khouang.
Estas vasijas no son pequeñas. Algunas miden más de un metro de altura y otras son tan anchas que cabría un coche dentro.
Trabajar en un campo minado
La investigación no ha sido fácil. Durante la guerra de Vietnam, Laos recibió una lluvia de bombas. Muchas no explotaron. Todavía hoy, millones de municiones sin estallar siguen enterradas bajo el suelo. Cualquier excavación se convierte en una operación de alto riesgo.
Durante años, los científicos solo pudieron hacer conjeturas sobre el uso de estas jarras. Recién ahora un equipo ha logrado excavar una de las más grandes, cerca de Phonsavan.
Un cementerio familiar a lo largo de los siglos
Dentro encontraron los restos de al menos 37 personas. Pero lo más sorprendente es que no murieron juntas. Según la datación por radiocarbono, vivieron a lo largo de 270 años.
Los investigadores creen que estas jarras formaban parte de un ritual funerario por etapas. Primero se colocaba el cuerpo en una vasija más pequeña para que se descompusiera. Luego se trasladaban los huesos a estas grandes jarras de piedra. Varias generaciones de una misma familia compartían el mismo recipiente. Era como un cripta colectiva donde se rendía culto a los ancestros.
Eso explica también por qué algunas jarras están vacías. No siempre eran el destino final.
Un cambio de fechas y un comercio inesperado
La datación ha modificado la cronología. Antes se pensaba que estas jarras pertenecían a la Edad de Hierro del sudeste asiático. Ahora se sabe que estuvieron en uso entre los siglos IX y XII. Eso cambia bastante la historia de la región.
Dentro de la jarra también aparecieron 20 cuentas de vidrio. El análisis químico reveló que provenían del sur de India y de Mesopotamia. Esto indica que los habitantes de las tierras altas de Laos mantenían contactos comerciales con lugares a miles de kilómetros de distancia.
Junto a las cuentas hallaron fragmentos de cerámica, una pequeña campana de bronce y un cuchillo de hierro. Todo estaba dispuesto con cuidado, entre capas de arenisca y caliza. No era un vertedero. Era un acto deliberado y respetuoso.
Quedan preguntas sin respuesta
Todavía hay mucho que desconocemos. No sabemos quién construyó las jarras, ni por qué hay más de 2.100. Es posible que las hicieran siglos antes de usarlas.
Lo que sí sabemos es que estos recipientes muestran cómo las comunidades antiguas honraban a sus muertos y se conectaban con otras partes del mundo. Cada excavación nueva nos obliga a revisar lo que creíamos saber sobre el sudeste asiático.
Una conexión humana que trasciende el tiempo
Más allá de los datos, lo que más llama la atención es el gesto humano. Estas jarras no eran simples contenedores. Eran lugares donde las familias se reunían una y otra vez para recordar a sus antepasados. Esa necesidad de mantener el vínculo con quienes nos precedieron no ha cambiado en mil años.
El equipo sigue trabajando en otros sitios. La presencia de bombas sin explotar hace que el proceso sea lento y peligroso. Pero cada jarra que abren con cuidado puede alterar lo que sabemos sobre la historia de esta parte del mundo.
Y eso, en pleno siglo XXI, sigue resultando fascinante.